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MENSAJE DEL PAPA EN EL JUBILEO DE LOS ADOLESCENTES

Libro-Papa-F-01-3¿QUE ES LA MISERICORDIA?

 La misericordia es un tema muy sentido por el Papa, quien ya como obispo de había escogido como lema propio “miserando atque eligendo”, que significa “mirando con misericordia al publicano Mateo, lo eligió” (Mt 9,9 y homilia de Beda el Venerable).

¿Y LAS OBRAS DE MISERICORDIA?

Jesús nos presenta estas obras de misericordia desde el corazón del Evangelio. Las CORPORALES se describen en el Juicio Final (Mt 25) y las ESPIRITUALES se deducen de las mismas actitudes de Cristo (perdón, corrección, consuelo…) y de varios textos bíblicos.  

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DESCUBRE LAS OBRAS DE MISERICORDIA pinchando en las siguientes imágenes:

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VIVIR LAS OBRAS DE MISERICORDIA HOY

LAS OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES:

1) Dar de comer al hambriento y 2) dar de beber al sediento.
Estas dos primeras se complementan y se refieren a la ayuda que debemos procurar en alimento y otros bienes a los más necesitados, a aquellos que no tienen lo indispensable para poder comer cada día. Jesús, según recoge el evangelio de san Lucas recomienda: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11).

Primera Obra de Misericordia en Mt 25,35

En el Nuevo Testamento, el hambre era la característica de los pobres, de los individuos a los que se les proclama “bienaventurados” debido a su “hambre” física y de justicia (Mt 5,6). En definitiva, siendo el hambre el símbolo de la necesidad de alimento y justicia, la acción de “dar de comer al hambriento” se vuelve una responsabilidad eclesial, derivada de la misma acción del Padre misericordioso y de Jesús de Nazaret. Hoy día en muchos lugares persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón (cfr. Lc 16,19-31)… En esta perspectiva, dar de comer a los hambrientos (cfr. Mt 25,35.37.42) se convierte en un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir.

Segunda Obra de Misericordia en Mt 25, 35

En el Nuevo Testamento se recordará que el ministerio apostólico comporta dificultades y tribulaciones, entre las que se encuentra “el hambre y la sed” (1Cor 4,11; 2Cor 11,27). Por eso, el dar de beber aunque sea sólo un vaso de agua a los discípulos enviados por el Señor, es un gesto que no será olvidado por Dios (cfr. Mt 10,42; Mc 9,41). No es extraño, entonces, que en el Apocalipsis se formule una esperanza de liberación en estos términos: “Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno” (Ap 7,16). A su vez, es importante el simbolismo del agua que encuentra su plena significación en el Bautismo cristiano. En efecto, así como el agua purifica así también lo realiza el Bautismo, ya que “no es la purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia” (1Pe 3,21). No se debe olvidar que en nuestra sociedad sigue resonando la fuerte petición “¡Dame de beber!”; petición hecha a la Samaritana por Jesús mismo (Jn 4,7). De allí que, privar a alguien (y cuanto más a los pobres) del acceso al agua significa negar el derecho a la vida, derecho que está fundamentado en la inalienable dignidad humana.

3) Dar posada al peregrino o acoger al emigrante.
En la antigüedad el dar posada a los viajeros era un asunto de vida o muerte, por lo complicado y arriesgado de las travesías. No es el caso hoy en día. Pero, aún así, podría tocarnos recibir a alguien en nuestra casa, no por pura hospitalidad de amistad o familia, sino por alguna verdadera necesidad. Las palabras de Mateo 25,35: “Fui emigrante y me hospedaron” marcan toda la historia de Israel. En efecto, el huésped que pasa y pide el techo que le falta, recuerda a Israel su condición pasada de emigrante y extranjero de paso sobre la tierra, tal como atestiguan los siguientes textos: “El emigrante que reside entre ustedes será para ustedes como uno de sus compatriotas: lo amarás como a ti mismo, porque también emigrantes fueron ustedes en Egipto” (Lev 19,34; Hch 7,6); “Escucha, Señor, mi oración, haz caso de mis gritos, no seas sordo a mis llantos; porque soy huésped tuyo, emigrante como todos mis padres” (Sal 39,13); “Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento… que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura” (Heb 13,13s).

4) Vestir al desnudo.
Esta obra de misericordia se dirige a paliar otra necesidad básica: el vestido. Muchas veces, se nos facilita con las recogidas de ropa que se hacen en Parroquias y otros centros. A la hora de entregar nuestra ropa es bueno pensar que podemos dar de lo que nos sobra o ya no nos sirve, pero también podemos dar de lo que aún es útil. En la carta de Santiago se nos anima a ser generosos: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16). En la Biblia la desnudez es interpretada de manera negativa. Dados los sufrimientos de quienes carecen de vestido, las Sagradas Escrituras proponen una actitud de compasión para con la desnudez: “Comparte tu ropa con el que está desnudo” (cfr. Tob 4,16), alaba al que “viste al desnudo” (Ez 18,16) y “al que lo cubre” (Is 58,7). De allí que, en el juicio final, tal acción es vista como una obra de misericordia (cfr. Mt 25,36). En contraste con la desnudez, para la Biblia el vestido es signo de la condición espiritual del hombre, particularmente cuando se utiliza el color blanco, que remite a la dimensión escatológica salvadora como marca de los seres asociados a Dios (cfr. Qoh 9,8; Sir 43,18; cfr. Ap 2,17; 14,14). En este contexto, el contraste entre el “joven desnudo” (Mc 14,51s) –símbolo de la muerte de Jesús– y el “joven vestido de blanco” (Mc 16,5) –anunciador de la resurrección de Jesucristo–, sugiere plásticamente el significado profundo de “la atención para con el desnudo” (Mt 25,36).

5) Visitar al enfermo
Se trata de una verdadera atención a los enfermos y ancianos, tanto en el aspecto físico, como en hacerles un rato de compañía. El mejor ejemplo de la Sagrada Escritura es el de la Parábola del Buen Samaritano, que curó al herido y, al no poder continuar ocupándose directamente, confió los cuidados que necesitaba a otro a quien le ofreció pagarle. (ver Lc. 10, 30-37). La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En el Nuevo Testamento aparece una forma típica de visita a los enfermos, en la que se articulan tres momentos: la visita, la oración y el rito, teniendo este último dos formas: la imposición de manos o la unción con aceite. Así, en Hechos 28,7-10 se narra la acogida de Pablo en casa de Publio y en la carta de Santiago 5,14 se afirma que se debe llamar a los presbíteros cuando alguien está enfermo: “¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor… La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado”. Este último texto ha sido considerado por la tradición cristiana como la base y el germen bíblico del sacramento de la Unción de los Enfermos, insinuado ya en la misión de los Doce, cuando “ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6,13). La asistencia a los enfermos constituye, pues, un gesto de verdadera caridad, un signo orientado a promover vida y salud, tal y como lo realizó Jesucristo, el Ungido de Dios que pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el pecado, porque Dios estaba con él (cfr. Hch 10,38).

6) Visitar a los encarcelados
Consiste en visitar a los presos y prestarles no sólo ayuda material sino una asistencia espiritual que les sirva para mejorar como personas, enmendarse, aprender a desarrollar un trabajo que les pueda ser útil cuando terminen el tiempo asignado por la justicia, etc. Significa también rescatar a los inocentes y secuestrados. En la antigüedad los cristianos pagaban para liberar esclavos o se cambiaban por prisioneros inocentes. En el trasfondo de la sexta obra de misericordia corporal están aquellos lugares emblemáticos de la Biblia que anuncian a los prisioneros la liberación, tales como “proclamar la amnistía a los cautivos” (Is 61,1), “proclamar a los cautivos la libertad” (Lc 4,18) o el “acordarse de los presos por piedad” (cfr. Heb 13,3), sin olvidar la referencia fundamental en palabras de Jesús: “Estaba en la cárcel y vinieron a verme” (Mt 25,36). Obviamente, la atención a los presos implica también el apoyo a sus familiares para que puedan asistir lo mejor posible a los presos… Además, la presencia cristiana en las cárceles pueden hacerse de múltiples y creativas formas, ya que, en definitiva, el “visitar a los presos” conlleva también un trabajo político y una reflexión que, en nombre de la dignidad de las personas y de los derechos humanos, busque entrever acciones que no priven de la libertad a los individuos y que prevean actos de reparación.

7) Enterrar a los difuntos

En Israel, ser privado de sepultura era visto como un castigo, como uno de los peores males entre los hombres (cfr. Sal 79,3). El testimonio relevante de esta práctica la ofrece el libro de Tobías: “En tiempos de Salmanasar hice muchas buenas obras a mis hermanos de raza: procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza fuera de las murallas de Nínive, lo enterraba. Enterré también a los que mandó matar Senaquerib” (Tob 1,16s). Tobías incluye la obra buena de “enterrar a los muertos” después de las obras de misericordia de “dar de comer al hambriento” y de “vestir al desnudo”. Esta enumeración conjunta es la que posiblemente influyó para que esta práctica de caridad fuera incluida como la última obra de misericordia corporal después de las seis enumeradas en Mateo 25. Cristo no tenía lugar sobre el que reposar. Un amigo, José de Arimatea, le cedió su tumba. Pero no sólo eso, sino que tuvo valor para presentarse ante Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. También participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Jn. 19, 38-42) Enterrar a los muertos parece un mandato superfluo, porque –de hecho- todos son enterrados. Pero, por ejemplo, en tiempo de guerra, puede ser un mandato muy exigente. ¿Por qué es importante dar digna sepultura al cuerpo humano? Por que el cuerpo humano ha sido alojamiento del Espíritu Santo. Somos “templos del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19).  En definitiva, se trata de la fe en la inmortalidad de la “persona” (o “yo humano” / alma), que sobrevivirá transformada por la acción salvadora de Dios en Jesucristo, cuando “Dios sea todo en todos” (1Cor 15,28), en “un cielo nuevo y una tierra nueva…, donde no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor” (Ap 21,1.4).

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 LAS OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES:

1) Enseñar al que no sabe
Consiste en enseñar al ignorante en cualquier materia: también sobre temas religiosos. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente. Como dice el libro de Daniel, “los que enseñan la justicia a la multitud, brillarán como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan. 12, 3b). “¿Entiendes lo que estás leyendo?” (Hch 8,30), le preguntó Felipe al funcionario que leía al profeta Isaías. Y éste le respondió: “¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?” (Hch 8,31). En esta línea de guía de conciencias, se debe recordar el texto paradigmático de Jesús cuando afirma: “No se dejen llamar maestros, porque sólo uno es el maestro de ustedes” (Mt 23,10). Se marca así, con contundencia, que quien de forma definitiva “enseña al que no sabe” es Jesús el Mesías, dado que “ya vivamos o ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,8). En este marco surge la tarea fundamental de enseñar al que no sabe. El texto bíblico añade que, en la práctica educativa, resaltan sobremanera aquellos que “dan razón de la esperanza en Cristo” (cfr. 1Pe 3,15). 

2) Dar buen consejo al que lo necesita
Uno de los dones del espíritu Santo es el don de consejo. Por ello, quien pretenda dar un buen consejo debe, primeramente, estar en sintonía con Dios, ya que no se trata de dar opiniones personales, sino de aconsejar bien al necesitado de guía. La tradición bíblica pone de relieve la importancia del consejo de la siguiente manera: “La salvación está en un gran número de consejos” (Prov 11,14); “El consejo del sabio es como una fuente de vida” (Sir 21,13); “Los sabios/guías espirituales brillarán como el fulgor del firmamento” (Dan 12,3). Pero, ¿dónde está el criterio para un buen consejo? He aquí las palabras del sabio Ben Sira que apuntan a la cuestión de la verdad y a la importancia decisiva de la conciencia recta que vaya en su búsqueda: “Atiende el consejo de tu corazón, porque nadie te será más fiel. Pues la propia conciencia suele avisar mejor que siete centinelas apostados en una torre de vigilancia. Pero, sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad” (Sir 37,13-15). Blaise Pascal (1623-1662 d.C.) presenta de forma clara la fuerza de la razón, ya sea cuando duda, ya sea cuando sabe aceptar su límite de no poder ir más allá. En definitiva, lo que se juega aquí es el ejercicio de la libertad en la verdad, a lo que Pascal sabe responder con un delicado equilibrio: “Hay que saber dudar donde es necesario, aseverar donde es necesario, someterse donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: los que aseveran todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; los que dudan de todo, por no saber dónde hay que someterse; o bien los que se someten a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (cfr. Pascal, Pensamientos, no. 268). Si miramos el momento presente, podemos decir que quizá lo más urgente es aconsejar a partir de ciertas interrogantes que ayudan a tocar fondo de la existencia humana: “¿Quién soy?, ¿de dónde vengo y adónde voy?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida?” (cfr. Juan Pablo II, Fides et ratio, no. 1).

3) Corregir al que se equivoca
Esta es una obra de misericordia inspirada en un texto clásico del evangelio de Mateo, cuando trata de los conflictos en el seno de la comunidad: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a un hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano” (Mt 18,15-17; cfr. Tit 3,10). La cuestión de la corrección fraternal está presente en el Antiguo y Nuevo Testamento y en su uso se percibe un notable realismo. En este sentido, conviene notar que la corrección debe realizarse no como un juicio, sino como un servicio de verdad y de amor al hermano, ya que hemos de dirigirnos al pecador no como enemigos, sino como hermanos (cfr. 2Tes 3,15; cfr. Sant 5,19s; Sal 51,15). La corrección fraterna debe ejercitarse con firmeza (cfr. Tit 1,13), pero sin asperezas (cfr. Sal 6,2), sin exacerbar o humillar al que es amonestado (cfr. Ef 6,4). Es verdad que “ninguna corrección resulta agradable, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella” (Heb 12,11).

4) Perdonar las injurias
En el Padrenuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden””y el mismo Señor aclara: “si perdonáis las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial os perdonará. En cambio, si no perdonáis las ofensas de los hombres, tampoco el Padre os perdonará a vosotros (Mt. 6, 14-15). Perdonar las ofensas significa superar la venganza y el resentimiento. Significa tratar amablemente a quien nos ha ofendido. El mejor ejemplo de perdón en el Antiguo Testamento es el de José, que perdonó a sus hermanos el que hubieran tratado de matarlo y luego venderlo. “” Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Dios delante de vosotros” (Gen. 45, 5). Y el mayor perdón del Nuevo Testamento es el de Cristo en la Cruz, que nos enseña que debemos perdonar todo y siempre: “”Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lc. 23, 34). La historia de la revelación bíblica es la historia de la revelación del Dios “capaz de perdón” (cfr. Éx 34,6s; Sal 86,5; 103,3). Esta afirmación comporta la superación de la Ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”: Éx 21,24). Jesús mismo nos enseñó: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen…” (Mt 5,44). No se puede negar que el amor a los enemigos, desde un punto de vista humano, es seguramente la prescripción más exigente de Jesús. Pero se trata de un mandamiento que expresa lo más nuevo y propio del cristianismo, ya que “quien no ama a quien lo odia no es cristiano” (Segunda Carta de Clemente, 13s), pues el amor a los enemigos es la “ley fundamental” (Tertuliano, De la paciencia, no. 6) y la “suprema esencia de la virtud” (san Juan Crisóstomo, In Mat. 18,3s).

5) Consolar al triste
El consuelo para el triste, para el que sufre alguna dificultad, es otra obra de misericordia espiritual. Muchas veces, se complementará con dar un buen consejo, que ayude a superar esas situación de dolor o tristeza. Acompañar a nuestros hermanos en todos los momentos, pero sobre todo en los más difíciles, es poner en práctica el comportamiento de Jesús que se compadecía del dolor ajeno. Un ejemplo viene recogido en el evangelio de Lucas. Se trata de la resurrección del hijo de la viuda de Naím: “Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Joven, a ti te digo: Levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.” Jesús, a su vez, anunciado como “Consuelo de Israel” (Lc 2,25), y reconocido como “Consolador” (1Jn 2,1), proclama: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5,5). Pablo, por su parte, recuerda que Cristo es la fuente de toda consolación (Flp 2,1) y que en la Iglesia la función de “consolar” es esencial, ya que atestigua que Dios consuela permanentemente a los pobres y afligidos (cfr. 1Cor 14,3; Rm 15,5; 2Cor 7,6; cfr. Sir 48,24). De hecho, tal como se presenta en la imagen conmovedora del Apocalipsis, la presencia de Dios es el consuelo máximo de los hombres: “Él nos enjugará toda lágrima” (Ap 7,17), y en su presencia “no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor…” (Ap 21,4).

6) Sufrir con paciencia los defectos de los demás
La paciencia ante los defectos ajenos es virtud y es una obra de misericordia. Sin embargo, hay un consejo muy útil: cuando el soportar esos defectos causa más daño que bien, con mucha caridad y suavidad, debe hacerse la advertencia. La tradición sapiencial subraya con fuerza que, ante hermanos que irritan, el sabio recuerda que “más vale ser paciente que valiente, dominarse que conquistar ciudades” (Prov 16,32). ¿Por qué este pensamiento? Porque “la paciencia persuade a un gobernante, porque las palabras suaves quebrantan huesos” (Prov 25,15; Sir 7,8). Job es el paradigma de paciencia: antes de que el Señor le mandara pruebas él era un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1,11). Y una vez que fue puesto ante la prueba, se mantuvo fiel a su Creador, nunca pecó con sus labios ni renegó contra el Señor (cfr. Job 2,10). Por otra parte, el modelo máximo de la paciencia ante los enemigos es Jesús, ya que lejos de ser implacable con los pecadores (cfr. Mt 18,23-35), fue tolerante y generoso. Él mismo dijo: “El Padre celestial hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45). La paciencia, tal como el amor, es un “fruto del Espíritu” (Gál 5,22; cfr. 1Cor 10,13; Col 1,11); su ejercicio nos hace madurar en la prueba (cfr. Rm 5,3-5; Sant 1,2-4) y nos genera constancia y esperanza (cfr. Rm 5,5). El himno paulino del amor camina en este sentido: “El amor es paciente”, ya que “todo lo soporta” (1Cor 13,1-13.4.7).

7) Orar por vivos y difuntos                                                                                                  

 Como conclusión de estas siete obras de misericordia espirituales aparece la práctica de la oración (rogar a Dios por los vivos y por los difuntos) en clave de síntesis, dado que la oración es un don de Dios al hombre.  “La oración cristiana es una relación de alianza entre Dios y el hombre en Cristo” (no. 2564) y, por lo tanto, sostiene todas las obras de misericordia. San Pablo recomienda orar por todos, sin distinción, también por gobernantes y personas de responsabilidad, pues “El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. (ver 1 Tim 2, 2-3). Los difuntos que están en el Purgatorio dependen de nuestras oraciones. Es una buena obra rezar por éstos para que sean libres de sus pecados. (ver 2 Mac. 12, 46).  En la tradición cristiana se encuentra un hilo conductor para comprender el sentido de la oración y su relación con la vida, especialmente en el famoso díptico de la Regla de san Benito (siglo V) que ha marcado toda la espiritualidad, no solamente monástica sino también eclesial, cuando dice: “Ora y trabaja” (Ora et labora). Siguiendo este espíritu, san Ignacio de Loyola explicitó este díptico diciendo: “Oren como si todo dependiera de Dios y trabajen como si todo dependiera de ustedes” (cfr. CEC, no. 2834). En este sentido, esta última obra de misericordia prepara y dispone a “aceptar” y “vivir” la voluntad de Dios, sea cual sea, ya que “si le pedimos al Creador algo según su voluntad, nos escucha” (1Jn 5,14; Ef 1,3-14).

EL PAPA FRANCISCO INAUGURA EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

EN EL 50º ANIVERSARIO DE LA CLAUSURA DEL VATICANO II

Comenzó con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, y concluirá el 20 de noviembre de 2016, “solemnidad de Jesucristo Rey del Universo”. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, que es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”, afirmó Francisco. 

¿QUÉ ES UN JUBILEO?

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¿Para qué se convoca el Jubileo de la Misericordia?

Para vivir de manera especial la misericordia. Para promover la apertura extraordinaria de las iglesias y favorecer la celebración del sacramento de la Reconciliación.

¿Con qué motivo?

Con el Jubileo de la Misericordia, Francisco quiere poner en el centro de la atención al Dios misericordioso que invita a todos a volver hacia Él. El encuentro con Dios inspira la virtud de la misericordia. La apertura del Jubileo adquiere un significado especial ya que tendrá lugar en el 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II (1965), un impulso para que la Iglesia continúe la obra iniciada con el Vaticano II.

Infografía Logo Jubileo de la Misericordia

¿Qué es un Año Santo?

Consiste en un perdón general, una indulgencia abierta a todos, para renovar la relación con Dios y con el prójimo. De este modo, los jubileos son siempre una oportunidad para profundizar la fe y vivir con un compromiso renovado el testimonio cristiano.

¿Cómo comienza?

Con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro. Es un símbolo que nos invita a introducirnos en el misterio de Cristo, espacio santo lleno de misericordia (Jn 10,9). Jesús es el Pastor que conduce a sus ovejas a sí mismo porque Él es la puerta que lleva a la vida. Quien entra da través de Jesús llega a la plenitud de la vida (Sal 23,4).

¿Qué significa la expresión “Año Santo”? ¿Es lo mismo que un “Jubileo”?

Para los hebreos el jubileo era un año declarado santo, que ocurría cada 50 años, y durante el cual se debía restituir la igualdad a todos los hijos de Israel, ofreciendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal. A los ricos, el año jubilar les recordaba que los esclavos israelitas podrían reivindicar sus derechos (Lv 25).

La Iglesia católica retomó la tradición del Año Santo con el papa Bonifacio VIII, en el año 1300. Este Pontífice previó la realización de un jubileo cada siglo, para permitir a cada generación vivir al menos un Año Santo. Desde el año 1475, el jubileo ordinario comenzó a espaciarse al ritmo de cada 25 años. Un jubileo extraordinario, en cambio, se proclama con ocasión de un acontecimiento de particular importancia; como en este caso el proclamado por el papa Francisco por la misericordia.

¿Cuantos Años Santos ha habido?

Los Años Santos ordinarios celebrados hasta hoy han sido 26. El último fue el Jubileo del año 2000. La costumbre de proclamar Años Santos extraordinarios se remonta al siglo XVI. Los últimos de ellos, celebrados el siglo pasado, fueron el de 1933, proclamado por Pío XI con motivo del XIX centenario de la Redención, y el de 1983, proclamado por Juan Pablo II por los 1950 años de la Redención.

 ¿Habrá indulgencia durante este Año Santo extraordinario?

misericordiaSí, como es habitual en este tipo de convocatorias. Así, recibirán la indulgencia jubilar los fieles que peregrinen a la Puerta Santa abierta de cada catedral o iglesia según lo estipule el respectivo obispo diocesano, o que visiten alguna de las cuatro basílicas de Roma (San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros o Santa María la Mayor); todo ello vinculado a la confesión y eucaristía “con una reflexión sobre la misericordia”. La carta recoge explícitamente por la preocupación del Papa ante el “drama del aborto” y las mujeres que llevan “en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa”. Sin embargo, “el perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido”, subraya Francisco, quien concede a todos los sacerdotes durante este Año jubilar “la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón”. 

¿Misericordia o Justicia? “La justicia de Dios es su perdón” (Sal  51, 11-16)

El que no vive para servir, no sirve para vivir..

Las obras de misericordia en el cine

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“En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor” dice San Juan de la Cruz

PARÁBOLAS DE LA MISERICORDIA (Lc 15,1-32)

El Papa Francisco dice en la Bula “Misericordiae Vultus”, con la que convoca el Año Jubilar de la Misericordia: “En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos. En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.” (MV 9) Al final, los perseverantes protagonis­tas de las tres parábolas recobran lo perdido.

“LA CUALIDAD DE LA MISERICORDIA NO ES FORZADA, CAE COMO LLUVIA FINA SOBRE LA TIERRA” (SHAKESPEARE)

JESUCRISTO ES EL ROSTRO

DE LA MISERICORDIA DEL PADRE

El origen de las obras de misericordia está en la serie de acciones de amor efectivo al prójimo que Jesús repite en el llamado Juicio Final (Mt 25,31-46)

Siguiendo el número 7, que significa la plenitud y perfección (por el poema de la creación en una semana del Gn), se cristalizaron en corporales y espirituales:

1. INVESTIGAR CUÁL ES LA OBRA DE MISERICORDIA QUE OS CORRESPONDE PRESENTAR, sobre todo su origen bíblico. Hay información en la pestaña Valores en el apartado Misericordia.

2. SEÑALAR QUE ORGANIZACIONES O PERSONAS LAS PRACTICAN HOY, siguiendo el guión Trabajo de las Obras de Misericordia

3. BUSCAR UNA IMAGEN QUE REPRESENTE DICHA OBRA DE MISERICORDIA.  Consultar la pestaña Fe y cultura en el apartado La misericordia en el arte.

4.  EXPLICAR QUÉ ES EL AÑO DE LA MISERICORDIA.

5. ELEGIR UNA PARÁBOLA DE LA MISERICORDIA Y COMENTARLA (Pestaña Biblia, apartado NT, subapartado Parábolas).

6. Hacer corresponder la estación del Vía Crucis (pestaña Semana Santa, apartado Triduo Sacro, subapartado Viernes Santo) y Vía Lucis (pestaña Semana Santa, apartado Domingo de Pascua de Resurrección) con el número que se os ha adjudicado.

7. CONCLUIR CON LA BULA MISERICORDIAE VULTUS, para completar la información que más interese (pestaña Valores, apartado Misericordia).

8. ¿QUÉ SABES DEL CONCILIO VATICANO II? (Pestaña 4º ESO)

9. ¿Y de la Encíclia LAUDATO SI? Pista EcologíaHaz esta dinamica con amigos.

10. ¿Cuál es el último documento del papa Francisco?    nube-de-tags-amoris-laetitia-copia

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EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

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