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«ES ESENCIAL ESTUDIAR RELIGIÓN PARA ENTENDER LA SOCIEDAD»

Karen Armstrong es la investigadora galardonada con el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales que pretende recoger las enseñanzas de las tradiciones religiosas para buscar el bien común.

da47bf0f8d91f47d0381917f41a0520fKaren Armstrong es una convincente abogada defensora de la religión. Frente al combativo avance del nuevo ateísmo y el peligroso crecimiento del integrismo, Armstrong considera que la religión puede ser un eficaz instrumento de paz y convivencia. Precisamente en su último trabajo, Campos de Sangre, atacaba la asentada idea de que violencia y fe son dos fenómenos estrechamente relacionados a lo largo de la historia. Para esta estudiosa británica, la compasión es el nexo de unión entre las diferentes religiones, como recuerda en su personal propuesta Doce pasos hacia una vida compasiva, donde pretende resucitar la Regla de Oro ética que está en el corazón de la experiencia religiosa: «Haz a los demás lo querrías que te hicieran a ti».

Probó la vida religiosa como novicia en un convento católico en su juventud, sin embargo, no creyó que aquel camino fuera para ella. La historia comparada de las religiones se convirtió en su verdadera vocación, un campo que le fascinó durante la elaboración de un documental televisivo sobre san Pablo. Probablemente no haya objeto de estudio más elusivo que el de la religión, pero no ha tenido miedo de enfrentarse a este desafío intelectual. Con más de una veintena de obras a sus espaldas, la bibliografía de Armstrong nos ofrece una mirada caleidoscópica a la historia religiosa de la humanidad. Ha recorrido las vidas de figuras centrales, como Mahoma o Buda; ha leído la Biblia desde su propia historia; ha cartografiado la ciudad santa de Jerusalén; ha denunciado los riesgos del fundamentalismo; e, incluso, ha defendido a Dios en un trabajo que pretendía desentrañar el sentido de la religión.

TOMADO DE ABC

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LA EXISTENCIA DE DIOS ES RAZONABLE

¿Puede la ciencia demostrar la existencia o inexistencia de Dios? Todos nos hemos hecho alguna vez esa pregunta. Y quizás no todos tengamos la respuesta clara. Es probable que en ocasiones dudemos. Si eres de los que se hace preguntas y quiere seguir investigando sobre la existencia de Dios, aquí tienes un vídeo con algunas respuestas (y muchas otras preguntas).

  1. ¿PUEDE LA CIENCIA DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS?

La ciencia no puede demostrar la existencia de Dios porque la ciencia, en el sentido moderno de la palabra, vale sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de investigación y de verificación de que se sirven las ciencias experimentales. Pretender probar en un laboratorio la existencia de Dios equivaldría a reducirlo al rango de los seres de nuestro mundo, lo cual supondría un error metodológico de partida.

  1. ¿PUEDE LA CIENCIA DEMOSTRAR LA NO EXISTENCIA DE DIOS?

No. En absoluto. Por la misma razón que no puede demostrar su existencia, porque el método científico no puede responder a la pregunta por la existencia de un Ser que, si existe, excede completamente los límites de la ciencia. La ciencia debe reconocer sus límites: no puede ni afirmar ni negar la existencia de Dios.

Hay quien piensa que la ciencia, a medida que se va desarrollando, va destruyendo poco a poco la necesidad de creer en Dios, hasta que llegará un momento en que ya podremos explicarlo todo por nosotros mismos, y quedará en evidencia la inexistencia de Dios. Se trata de una concepción cientificista, y, hay que decirlo, bastante simplista, pues cuanto más avanza la ciencia en su conocimiento de las cosas, más se confirma la exigencia de que exista una Inteligencia superior que las ha creado y ordenado.

  1. ¿PUEDE LA CIENCIA APORTAR ALGO A LA FE?

Si, sin duda. Dios ha dotado al hombre de inteligencia para que se pregunte por las cosas, para que busque, y encuentre. De manera que, aunque las ciencias experimentales no puedan demostrar la existencia de Dios, los científicos pueden descubrir en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera. Muchos científicos han hecho este descubrimiento, y en sus investigaciones han encontrado múltiples argumentos para afirmar que la existencia de Dios es razonable.

Así lo expresaba Pierre-Paul Grassé, famoso zoólogo francés: “Si yo he vuelto a la fe ha sido a través de la ciencia, a través de un proceso científico (…). El azar no puede ser una explicación. Es materialmente imposible. Esta opinión la comparten también los físicos: por falta de tiempo y por no haber suficientes combinaciones posibles. Una suma de azares no crea una ley; una suma de azares no crea la adaptación (…)”.

  1. ¿CUÁL ES LA RELACIÓN ENTRE FE Y CIENCIA?

No puede haber nunca desacuerdo entre fe y ciencia. Todo tiene su origen en Dios, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni lo verdadero puede contradecir jamás a lo verdadero.

Como señala Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, “No hay motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra y cada una tiene su propio espacio de realización”. “En Dios está el origen de cada cosa, en El se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza”.

  1. ¿QUÉ LE APORTA LA FE A LA CIENCIA?

La fe protege a la razón de toda tentación de desconfianza en sus propias capacidades, la estimula a abrirse a horizontes cada vez más amplios, mantiene viva en ella la búsqueda de los fundamentos y, cuando la propia razón se aplica a la esfera sobrenatural de la relación entre Dios y el hombre, enriquece su trabajo.

Benedicto XVI propone que para salir de la situación de relativismo en relación con el alcance del conocimiento de la razón, hay que ampliar el concepto de razón y de su uso. Para lograrlo, es preciso que la razón y la fe se reencuentren de un modo nuevo, superando la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y se vuelva a abrir su horizonte en toda su amplitud.

  1. ¿CÓMO HAY QUE INTERPRETAR EL RELATO BÍBLICO DE LA CREACIÓN? ¿TIENE ALGUNA RELEVANCIA PARA NUESTRA VIDA?

La primera página de la Biblia nos dice que “en el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1), y a continuación nos ofrece el conocido relato de la creación en seis días. Obviamente, no se pueden interpretar estos primeros capítulos del Génesis de forma literal, pues nos podría ocurrir lo que a Einstein, que perdió la fe a los nueve años cuando comenzó a leer libros de divulgación científica, porque había contradicción entre ellos y el primer capítulo del Génesis.

Pero tampoco podemos pensar que se trata de un mito o de una pura ficción alegórica. Los primeros capítulos del Génesis nos quieren transmitir una verdad, y lo hacen a través de un relato. La verdad que nos quieren transmitir es una interpretación de la historia humana recurriendo al origen. Y es que la cuestión de nuestro origen es tan importante para toda la vida humana que Dios nos ha querido revelar todo lo que es necesario conocer a este respecto. Del capítulo 1 del Génesis podemos sacar tres conclusiones importantísimas: que todo lo que existe es obra de Dios; que sólo Él es creador y que todo lo que existe es bueno y depende de Él.

Esto es lo que nos enseña la Biblia sobre el origen del Universo. La Biblia no nos enseña Física ni Astronomía, la Biblia nos enseña lo que no podemos averiguar por nosotros mismos y necesitamos saber para el sentido y la orientación de nuestra vida y de nuestro obrar. Como decía Galileo, la Biblia nos enseña “no cómo van los cielos, sino cómo se va al Cielo”.[1]Ibid., 290.

  1. ¿EN QUÉ CONSISTE TENER FE PARA UN CRISTIANO?

Los cristianos no creemos simplemente una serie de proposiciones teóricas acerca de Dios, sino que creemos en Alguien real, vivo, personal, con quien nos relacionamos y nos comprometemos.La fe es un encuentro personal del hombre con Dios en Cristo.

La fe no puede ser algo puramente intelectual, porque Dios no es una idea, ni una teoría, sino Alguien que se dirige al corazón del hombre esperando una respuesta, y esa respuesta debe brotar, también, desde el corazón. Pero la fe tampoco se puede reducir al nivel meramente afectivo, sino que implica la entrega de todo nuestro ser a Aquel que nos ha creado y nos ama. En una palabra, es un acto de confianza absoluta.La fe consiste en decir sí a Dios y decir sí al proyecto de Dios. La fe consiste en decir sí a la invitación de Dios, confiarse a Él, comprometerse con Él, dejarse amar por Él y corresponder a ese amor.Confiar en Dios implica estar dispuesto a dejarse transformar y a cambiar de vida, dejando que sea Él quien conduzca nuestra vida. La fe consiste en una disponibilidad total, y en la confianza inquebrantable en Dios, que nunca defrauda, porque es fiel (1 Cor 1,9).

  1. ¿PODEMOS ELEGIR NOSOTROS MISMOS TENER O NO TENER FE?

La acogida y adhesión personal a Jesucristo es posible sólo gracias a un don. Ningún hombre puede llegar a tener fe con sus solas fuerzas naturales, por mucho que se esfuerce. No basta con “querer creer”: hay que recibir el don de lo alto. Por eso hay quienes quisieran creer y no pueden. La fe es un don absolutamente gratuito, una virtud sobrenatural infundida por Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 153).

Por tanto, no puede haber fe allí donde no ha habido una llamada particular de Dios, una atracción que ha resonado en el alma del creyente y lo ha impulsado a acoger la palabra divina. Por eso dice el profeta Jeremías: “Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado, y me has podido” (Jer 20,7).

  1. ENTONCES, SI LA FE ES UN DON DE DIOS, ¿QUIERE ESTO DECIR QUE LA FE SE NOS IMPONE?

La acción de Dios no se impone al hombre, sino que requiere una adhesión libre y consciente. La fe es indisolublemente gracia y respuesta libre del hombre.

La fe es, pues, un acto libre, un compromiso libremente asumido, la adhesión voluntaria y libre de todo nuestro ser al Dios vivo que se manifiesta en nuestro corazón. Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad, por lo que quedan vinculados por su conciencia, pero se trata de una invitación, nunca de una coacción. Cristo invitó a la fe y a la conversión, pero no forzó jamás a nadie. “Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino… crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él” (Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 11).

Los que reciben la llamada de Dios pueden aceptarla o rechazarla; pueden abrir su corazón o cerrarlo. Dios respeta nuestra libertad hasta tal punto que se arriesga a ser rechazado y despreciado por el hombre. El que quiera vivir de espaldas a Dios puede hacerlo, aunque haría bien en tener en cuenta que es una decisión que tiene consecuencias eternas, pues el rechazo a Dios no puede ser indiferente, sino que es siempre culpable (Jn 3,18; 8,24; Lc 8,10; Mt 13,11; 2 Ts 1,8-2; 2,10-12; Rm 10,16; 1 Tim 1,19).   Y es importante destacar que nadie pierde la fe sin culpa propia, ya que Dios no abandona a nadie, si no es Él abandonado primero.

  1. ¿PUEDE UNA PERSONA RAZONABLE Y SENSATA TENER FE?

La acogida de la fe no es un acto irracional, un abandono irresponsable y ciego. Ciertamente, el contenido objetivo de la fe no es algo evidente ni demostrable, pues si fuera objeto de una demostración racional no sería un acto libre. Pero eso no quiere decir que en el acto de fe se prescinda por completo de la razón. “El creyente tiene, por lo menos, que haber conocido por sí mismo lo bastante para comprender de qué se trata” (Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1997, p. 306).

Si la Palabra de Dios nos resultara total y completamente incomprensible no podríamos ni creer ni dejar de creer en ella. ¿Cómo podríamos creer en Cristo y en su mensaje, si no fuésemos capaces de entender absolutamente nada? No se puede tener fe en algo que carece de sentido. Por eso dice San Agustín que sin previo saber no hay fe alguna, y que nadie puede creer a Dios si no entiende alguna cosa. Y Santo Tomás afirma que “el hombre no podría asentir por la fe a ninguna proposición, si no la entendiese de alguna manera”.

TOMADO DE RELI CASAS NUEVAS Publicado por ferny

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NI EL HOMBRE ES UN MONO, NI EL MUNDO SE HIZO EN SEIS DÍAS

Muchos católicos y no católicos piensan que la respuesta de la Iglesia a la Teoría de la Evolución es el “creacionismo”, que la idea de que las especies evolucionen está en contra de la Biblia o que los Papas han condenado insistentemente el “evolucionismo” como una doctrina científica que atenta contra las verdades de la fe. Sin embargo, no es cierto.

¿Qué es la Teoría de la Evolución?

La Teoría de la Evolución se fundamenta en la concepción del desarrollo de la vida que postula Charles Darwin en El Origen de las Especies (1859). Según Darwin cada individuo lucha por adaptarse a su ambiente, a su entorno, y aquellos que lo logran tienen más posibilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus genes. De esta manera la especie mejora a lo largo de los tiempos (en el sentido de integrarse mejor en su ambiente). También pueden producirse mutaciones y algunas de ellas ser beneficiosas, como el nacimiento de una jirafa con un cuello más largo que le permita alcanzar la comida que sus compañeras dejan en las copas de los árboles, o dar lugar a nuevas especies o subespecies.

Los factores que guían estas transformaciones, según Darwin, son el azar y la lucha por la supervivencia, y en ningún caso se requiere de la intervención divina.

A lo largo de los siglos XIX y XX se han producido varios descubrimientos científicos que parecen ser acordes con esta teoría, pero por un lado no se han encontrado pruebas lo suficientemente concluyentes como para considerarla probada y, por otro, también se han hallado fósiles y sedimentos que la desdicen en parte o ponen en dificultades su coherencia interna.

Además, la Teoría de la Evolución contradice el sentido común como explicación general sobre el origen de la vida. Para que la vida se generara tuvieron que ocurrir millones de cosas, algunas simultáneas y otras progresivas, y todas ellas son tan casuales que parecen imposibles. La probabilidad de que estos sucesos tuvieran lugar y lo hiciesen en el orden y de la manera adecuada es tan pequeña como que un grupo de hormigas con las patas mojadas en tinta atravesaran unos folios tirados en el suelo dejando escrito a su paso El Quijote, por usar solo uno de los muchos ejemplos que los científicos utilizan para mostrar la altísima improbabilidad de que el azar diera como resultado la vida en nuestro planeta.

Parece más razonable pensar que si las cosas sucedieron como sucedieron es porque detrás de los cambios había un diseñador inteligente, alguien que dirigía y promovía las distintas transformaciones.

¿Qué es el creacionismo?

El creacionismo es una ideología cuyo origen está en las interpretaciones literalistas de la Biblia que defendieron algunos grupos protestantes estadounidenses como reacción contra el evolucionismo. Nunca ha sido defendida por la Iglesia Católica y el método de interpretación de los textos que siguen sus líderes está muy lejos de lo que se podría considerar aceptable en cualquier Facultad de Teología.

Juan Pablo II lo explicó perfectamente en un discurso de 23 de abril de 1993, al señalar que en la lectura de la Biblia tratamos de “comprender el sentido de los textos con toda la exactitud y precisión posibles y, por tanto, en su contexto histórico y cultural. Una falsa idea de Dios y de la Encarnación empuja a un cierto número de cristianos a seguir una orientación contraria. Estos tienen la tendencia a creer que, siendo Dios el ser absoluto, cada una de sus palabras tienen un valor absoluto, independiente de todos los condicionamientos del lenguaje humano (…) Cuando se expresa en un lenguaje humano no da a cada palabra un valor uniforme, sino que utiliza los posibles matices con extrema flexibilidad, y acepta también sus limitaciones.”

Siguiendo un tipo de lectura literal y uniforme los creacionistas afirman que el universo se hizo exactamente en seis días, como si el autor inspirado de aquella época pensara construir un relato históricamente preciso, cosa que solo puede pensar un sujeto de nuestro tiempo. Lo cierto es que el narrador nos presenta un discurso literario en el que interesa mucho más el contenido esencial, el sentido del texto, que la exactitud de los acontecimientos.

El mismo Juan Pablo II, en un discurso de 1981 a la Academia Pontificia de las Ciencias insistía en que “la Biblia nos habla del origen del universo y de su constitución, no para proporcionarnos un tratado científico, sino para precisar las relaciones del hombre con Dios y con el universo. (…) Cualquier otra enseñanza sobre el origen y la constitución del universo es ajena a las intenciones de la Biblia, que no pretende enseñar cómo ha sido hecho el cielo, sino cómo se va al cielo.”

Entonces, ¿evolucionismo o creacionismo?

Ambas posturas cuentan con extremos inaceptables. En la Encíclica Humani Generis de Pío XII (1950) se rechazan las posiciones evolucionistas que niegan por prejuicios la posibilidad de que Dios interviniese en el origen de la vida, pero no se condena la teoría científica. Con buen criterio se advierte de que se trata de una teoría no verificada y de que sería un error no entenderla como tal.

Por su parte Juan Pablo II, en una catequesis de 16 de abril de 1986, se expresó con toda claridad al aceptar la posibilidad de algún tipo de evolución: “se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ve dificultad en explicar el origen del hombre, en cuanto al cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo. Sin embargo, hay que añadir que la hipótesis propone sólo una probabilidad, no una certeza científica. La doctrina de la fe, en cambio, afirma invariablemente que el alma espiritual del hombre ha sido creada directamente por Dios. Es decir, según la hipótesis a la que hemos aludido, es posible que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido gradualmente preparado en las formas de los seres vivientes anteriores. Pero el alma humana, de la que depende en definitiva la humanidad del hombre, por ser espiritual, no puede serlo de la materia”.

Efectivamente es posible concebir que a lo largo de la historia los cuerpos de los seres vivos hayan sufrido ciertas evoluciones que se plasmaran en distintas especies o en el desarrollo de una en concreto. Lo que no es concebible es que del desarrollo ciego de la materia haya surgido el espíritu humano, que solo se puede comprender como imagen y semejanza del Dios creador.

En conclusión, ninguna teoría científica seria sobre el origen del universo o de la vida es incompatible con la Fe, como indicaba el Papa Francisco ante la Academia Pontificia de las Ciencias: “El inicio del mundo (…) se deriva directamente de un Principio supremo que crea por amor. El Big-Bang, que hoy se sitúa en el origen del mundo, no contradice la intervención de un creador divino, al contrario, la requiere. La evolución de la naturaleza no contrasta con la noción de creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que evolucionan”.

Marcelo López Cambronero  TOMADO DEL PORTAL ALETEIA  Publicado por ferny 

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EL ACTOR MORGAN FREEMAN PRESENTA LA SERIE “HISTORIA DE DIOS”